
Con un retoque poco novedoso en su cabellera gastada y entristecida por el color azabache de antaño llega, con el paso apuròn y la ceja firme de dictador a la defensiva, cada clase de la infalatable y sagrada asignatura verduga. Vociferando un lèxico alemàn improvisado, ordena las sillas: testigos muertos de su ideal simètrico y cuadrado. Los alumnos se sientan y callan en la soledad impuesta, sacan el texto agrio, con tintes de "Manual de Carreño", y trabajan produciendo escritos falsos en contenidos, pero nutridos de la "creatividad" necesaria.
La tecnologìa acusadora de un celular soterrado predice el concepto denigrante que plasma luego, el profesor en su corriente "hoja oficial". Es infaltable oir su voz de un acento burquès añejo y observar su facciòn desplicente de vieja cuica. La recurrente talla amigable cae en una de sus recaìdas de autoridad docente amena, aunque muta velozmente a su amanerada forma de decir apellidos momios y cuchichear quejas hitlerianas.
Tiene la manera metòdica de parvularia frustrada. Puesto por puesto recluta las pàginas sin consultar su esencia mentirosa y poco trabajada, es sutil en la tarea del visto superfluo y el làpiz fiscalizador. Rellena su espacio libre navegando en la caja inteligente, en donde se esmera en esclarecer vocablos incorrectos, mediante una pàgina tecnològica de una enciclopedia española aburridora y distante de la sudamèrica ya conquistada.
Nos obliga a transcribir realidades poco apetitosas en textos sin fin y producciones ingratas. El afàn que tiene de hacer una biblia instructivo denota el tiempo analìtico de toda una vida dedicada al acadèmico ajetreo de libros cabezones y sistemàticas formas de vivir.
Un singular personaje de novela añeja y cuento de la cripta vive como ìcono referente de antiguas generaciones pisoteadas por la suela gastada; este mediador tirano, odiado y algo querido a la vez.

